viernes, 3 de julio de 2015

El sermón de los deberes

Hay un sermoneo reiterado que venimos escuchando con paciencia, y que denuncia cómo hoy en día todo el mundo se ha volcado a las calles reclamando por sus derechos (de estudiantes, de trabajadores, de minorías sexuales... o el derecho a vivir en un ambiente descontaminado) sin reparar en los deberes.
Pero es posible que el bendito sermón de los deberes esté errando el foco y la estrategia.


Millones de hombres y mujeres nos levantamos cada día, con una conciencia hasta dolorosa de los deberes que enfrentamos. 
Desde siempre, los padres del mundo nos hemos tenido que despertar pensando en cuidar, alimentar y abrigar a nuestros hijos, si queremos plantearlo en términos ancestrales. 

El concepto del trabajo está impreso en nuestras conciencias desde hace milenios. El concepto del aprendizaje y del estudio está marcado a fuego en generaciones de niños y jóvenes, desde hace siglos.

Cada día, desde que sale el sol hasta que anochece, millones de trabajadores no hacen más que vivir cumpliendo tareas, encargos, obligaciones, misiones y cometidos. Las horas de cada jornada se hacen cortas para cumplir todo lo que tenemos que hacer, al punto que muchos sufren por la falta de tiempo para cumplir, por ejemplo, con las obligaciones de padre (o de hijo, hacia quienes nos necesitan desde su condición de adultos mayores).


La facilidad con que algunos privilegiados consiguen lo suyo hace frustrante para demasiada gente todavía, el cumplimiento cotidiano, ininterrumpido y muchas veces penoso de los diarios deberes personales.
Esa es la realidad de la abrumadora mayoría de los ciudadanos, trabajadores y contribuyentes, deudores permanentes y buenos pagadores...
¡No nos vengan, entonces, a hablar de nuestros deberes, cuando no hacemos otra cosa que cumplir deberes desde que nos levantamos hasta que nos metemos a la cama! (¡donde también hay deberes que cumplir, dicho sea de paso!)

miércoles, 6 de mayo de 2015

Bolivia: "Chile se ha esforzado en crear dificultades de interpretación y confusiones"



Bolivia inició sus alegatos ante la Corte Internacional de La Haya. Los juristas defienden que Chile no cumplió sus compromisos de negociar una salida al mar.


lunes, 27 de enero de 2014

¡Vaya! La Haya trazó otra raya

10 claves preliminares de un fallo


1. El fallo se pareció a una elección. Todos ganamos y sólo fue cuestión de interpretarlo. Pero, como en una elección, efectivamente hay aspectos en los que se gana y aspectos en los que se pierde. Perú ganó nuevo mar en calidad de zona económica exclusiva (no soberanía ni mar territorial, como erróneamente dijo el presidente Humala) y Chile logró que fuera reconocido para siempre el límite marítimo basado en el paralelo a partir del Hito 1, y no del Punto Concordia como pretendía Perú.

2. Chile no perdió ni un milímetro de soberanía marítima, que sólo corresponde a las primeras 12 millas a partir de la costa, y que se mantiene incólume hasta el mismísimo paralelo por el norte, donde el límite estaba, según Chile, hasta ahora.

3. Los más directos afectados potenciales por un eventual fallo adverso (los pescadores artesanales de Arica) no perdieron nada. Su área de operaciones no sufre ninguna alteración. El Estado (y todos los chilenos) podrá ahorrarse subsidios y compensaciones, sin perjuicio de que toda esta historia debiera obligarnos a repensar las políticas para nuestras zonas extremas.

4. Los sucesivos gobiernos chilenos manejaron mucho mejor que los peruanos las expectativas de sus ciudadanos. Chile logró retener más de lo que esperaba o temía perder… y Perú no consiguió todo lo que se ilusionó con obtener. Claramente, las “sensaciones ambientales” en cada país sugerían lo contrario hasta la mañana de este 27-E.

5. La Corte innovó y desplegó “creatividad” jurídica, al obviar parte de las argumentaciones de uno y otro, y crear una línea divisoria que nadie planteó jamás, como es la línea equidistante hacia el suroeste, a partir de la milla 80. La Haya inventó "otra raya"...

6. La Corte generó jurisprudencia al aplicar un criterio práctico para sostener su decisión, como es el uso efectivo, posible y actual, del mar frente a nuestras costas, que no va más allá de las 60 millas, teniendo en cuenta que, cuando mucho, hasta esas lejanías llega la concentración casi total de recursos marinos explotables. ¿Por qué resuelve que la milla 80, y no la 60, es el punto razonable? Falta revisar con detención el texto íntegro del fallo para comprenderlo.

7. La Corte dejó abierta una interrogante que pocos mencionaron este lunes: lo que debiera ocurrir con el triángulo terrestre comprendido entre a) el Hito 1, b) el punto en que el paralelo nacido en el Hito 1 se topa con la bajamar, y c) el Punto Concordia. La Haya sólo traza el límite marítimo desde el segundo punto (b) mencionado hacia el oeste, y no se pronuncia sobre los límites terrestres, que en rigor no fueron sometidos a su consideración. De manera que Chile seguirá sosteniendo que el límite terrestre entre el Hito 1 y la bajamar está dibujado justo sobre el paralelo, y Perú podría seguir sosteniendo que el Hito 1 debiera ser considerado un segundo punto limítrofe, después del Punto Concordia, hasta donde entendemos no cuestionado ni ratificado por la Corte como punto de límite terrestre. Esa tesis implicaría que la frontera terrestre (según Perú) tendría que recorrer la línea de bajamar de norte a sur, desde el paralelo (b) hasta el Punto Concordia (c), para “devolverse” en diagonal hacia el noreste, hasta el Hito 1 (a). Extrañísimo. ¿Puede ser esta arista dudosa un punto de partida para una eventual demanda boliviana? (ver número 10).

8. Lo más valioso del fallo es que zanja una diferencia de manera definitiva, abriendo una etapa nueva en la floreciente relación entre los dos países, los más prósperos y crecedores de esta parte del mundo, donde chilenos y peruanos sólo tenemos progreso por ganar. Las reacciones primitivas de algunos llamados “nacionalistas” que no suelen ser más que penosos imbéciles, no podrán impedirlo. Chile y Perú dieron una demostración al mundo de respeto al derecho y trabajo serio por la paz.

9. El debate sobre un eventual retiro del Pacto de Bogotá que nos libere a futuro de litigios en La Haya nada permitiría lograr frente al contencioso con Bolivia, ya en curso y sin vuelta atrás (y donde Chile, más ahora, puede dar por descontada una victoria), y sólo nos expondría a resolver las diferencias de la peor forma. ¡Por favor, racionalidad!

10. Paradójicamente, el fallo de este 27-E es menos malo para Bolivia de lo que podía esperarse, porque en lugar de “estrechar” el océano frente a Chile por una línea equidistante que hubiera comenzado en el Hito 1 (o, peor aún, en el Punto Concordia), deja abierta una posibilidad que por ahora es ficción: una salida con mar disponible al frente, y no con una frontera al frente. El problema para Bolivia es que no contaba con un fallo que la acercaba a su ilusión mucho más que su propia demanda ante La Haya.

martes, 2 de octubre de 2012

Vecinos y pobladores

La Victoria. Fotografía del blog Vivienda al Día, del Instituto de la Vivienda (Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile)
Si decimos "pobladores de La Victoria", digamos también "pobladores de La Dehesa". Si no, hablemos de los "vecinos de La Victoria".
Esta modesta argumentación que se nos vino a la cabeza el viernes, con motivo de la muerte del sacerdote Pierre Dubois, se convirtió, sin quererlo, en tendencia en Twitter. Inesperadamente, después del fin de semana siguieron los retuiteos y las respuestas. La mayoría, según percepción propia y quizás interesada, concordando con la idea. Pero muchas, también, refutándola.


Pobladores "a mucha honra"

"Nací en la población La Victoria y no nos ofende ser llamados pobladores", resumió un tuitero. "De hecho, el 25 de octubre es el aniversario de la población", agregaba. Algunos se quedaron en lo literal, afirmando obviedades como que en una población habitan pobladores, y La Dehesa no es población. Otros insistieron en el orgullo de ser poblador, particularmente de una toma histórica y llena de identidad.
Ninguna de esas respuestas, sin embargo, era estrictamente contraria al tuiteo que las generó. Más bien hablaban de otra cosa.
Claro que hay orgullo entre miles de habitantes de poblaciones que se originaron en tomas de terrenos, que bien puede llevarlos a autodenominarse "pobladores", y a mucha honra.
Pero no hablábamos de eso.
Sí planteábamos un cuestionamiento al lenguaje de terceros (no de los pobladores o vecinos de La Victoria, La Legua, Lo Hermida o La Pincoya) que consciente o involuntariamente marca diferencias entre personas iguales. El lenguaje que usamos los que no vivimos allí; el que usan los medios de comunicación y quienes trabajamos en ellos; el que emplean  autoridades y políticos.
Admitamos que los vecinos gozan de mayores consideraciones en los mismos medios que los pobladores. No ignoremos la connotación que la mayoría de las veces tienen las noticias que hablan de "pobladores", y cuán distinta es de la connotación que tienen los hechos protagonizados por "vecinos". 
Convengamos que un "poblador" suele tener menos oportunidades de empleo que un "vecino".
Ambos términos no son, por lo demás, de ninguna manera excluyentes. Un vecino de La Victoria puede llamarse orgullosamente poblador, si así lo siente (cuestión que algunos aseguran que todos harían, arrogándose una curiosa representatividad de personas distintas), pero no por ser poblador deja de ser vecino.


Vicios del lenguaje público

Lo interesante es que en la comunicación pública discutamos el asunto y busquemos el mejor lenguaje; el más igualitario y respetuoso de la idéntica dignidad que todos tenemos.
Es un tema que convoca particularmente a los periodistas y a los medios.
Porque no sólo existe la dimensión de "vecinos" y "pobladores", o de "residentes" y "lugareños". 
Detrás de estos y muchos otros vicios del lenguaje público está la misma lógica que lleva todavía a muchos a tratar con un paternalista y seudoafectivo "don", doña" o "señora" a ciudadanos de cierto nivel socioeconómico "para abajo", mientras que se usa  nombre y apellido para aludir a aquéllos que son identificados con un nivel socioeconómico superior. 
"Es que es por respeto", suele argumentarse, precisamente hacia los "más humildes" de la sociedad.
Y así escuchamos a diario en notas y reportajes, que "la señora Mercedes" espera horas en la Posta Central, y que "don Manuel" cría con esfuerzo sus cabras en Punitaqui. Pero si hablamos de una clienta del Parque Arauco, es "Macarena López", y si el tema es la caída del dólar, el entrevistado es "el economista Sebastián Vial".
Equívoco respeto. Si todos somos iguales, todos debiéramos tratarnos con la misma consideración. Doña Mercedes debiera ser "Mercedes Gutiérrez, paciente de la Posta" o "Mercedes Gutiérrez, vecina de San Miguel", y el pequeño parcelero de Punitaqui debiera ser "Manuel Muñoz, criancero de Punitaqui" o la expresión que mejor defina su oficio.
Son simples y muy perfectibles criterios, que debieran formar parte de esos "manuales de estilo" que tanta falta hacen en nuestros medios.
Volviendo al tuiteo que motiva estas reflexiones, algunos lo descalificaron por referirse "sólo" al lenguaje, supuestamente mucho menos importante que las "acciones" concretas, que de verdad discriminarían. 
El argumento era que estábamos siendo frívolos por "quedarnos en eso".  
Pero resulta que el lenguaje sí es una acción humana. Simplemente usando palabras podemos herir a nuestros semejantes. Con adjetivos podemos humillar a alguien. El lenguaje sí puede discriminar, aislar y excluir.
Empecemos por el lenguaje.